¿Podemos predecir la muerte?

Para cada uno de nosotros no hay nada más personal, íntimo y propio que nuestra muerte y aunque todas la noches nos encontramos con el gemelo de la muerte(«el sueño«). Tenemos cierta angustia de saber cuando será nuestro gran día, aunque a medida que avanza la hora de nuestro agitado día, pasa al olvido. Pero, ¿ será posible saber el día de nuestra muerte?.

Veremos que nos dicen los matemáticos al respecto…

La idea de la muerte como un fenómeno estadístico susceptible de ser calculado no aparece hasta finales del siglo XVII, con la publicación de la primera tabla de mortalidad del mundo y que dos décadas después de la muerte de John Graunt. Se publicase en 1693 Una estimación de los grados de la mortalidad de la Humanidad por Edmond Halley quien se había hecho famoso por haber calculado la órbita del cometa que lleva su nombre. Su cálculo estuvo basado en la cuidad de Breslavia, que contaba con cerca de 34.000 habitantes. Durante cinco años consecutivos se recopilaron mensualmente todos los nacimientos y muertes acontecidos en la cuidad: en total, 6.193 nacimientos y 5.869 entierros. Halley comprobó que de entre los recién nacidos, un veintiocho por ciente fallecía en el primer año de vida, y solo un poco más de la mitad llegaba a celebrar su sexto cumpleaños. La mayoría de los supervivientes, sin embargo, llegaba a tener sus propios hijos más adelante. A partir de esa edad, los niños alcanzan cierto grado de fortaleza y su mortalidad decrece. Entre los ciudadanos de edades comprendidas entre los nueve y los veinticincos años, el número anual de muertes equivalía aproximadamente a un uno por ciento. La cifra ascendía hasta el tres por ciento en las personas de entre veinticinco y cincuenta años y llegaba hasta el diez por ciento entre quienes habían alcanzado la setentena. A partir de ahí, y por ser muy reducido el número de los vivos, estos van decreciendo gradualmente hasta que no queda ninguno por morir.

Pero «ojo» tengamos cuidado al momento de leer las cifras de una tabla de mortalidad, como sabemos cada país tiene uno y debemos interpretarlo con sumo cuidado, para que no nos pase lo mismo que al Frances André-Francois Raffray que confundió las personas con los porcentajes. Su historia comienza cuando conoce a la señora Calment gracias a su profesión de Notario y decide comprarle la casa con un contrato de pago mensual de 2.500 francos vitalicios, la propiedad de la vivienda pasaría a nombre de Andre cuando la muerte se la lleve. Raffray debió pensar que había cerrado un excelente trato. La casa de la viuda tenia un valor próximo al medio millón de francos. Suponiendo que viviese otros tres años, tal era entonces era la expectativa de vida para los nonagenarias francesas. Habría pagado en total menos de 100.000 francos por el inmueble. Más del veinte por ciento de quienes llegaban a los noventa y cuatro años fallecían antes de cumplir un año más. La estadística, pensó, estaba de su parte. El notario apenas conocía superficialmente a madame Calment. Vio los cabellos blancos como la nieve, el cuerpo de pajarito, la piel surcada de arrugas, y lo confundió con fragilidad. Pero antes de ser vieja, madame Calment había sido joven, y había montado en bicicleta por las calles adoquinas de París, y había ejercitado su cuerpo jugando a tenis, y había comido fruta en conserva y sardinas en aceite. Casada joven con un comerciante próspero, había tenido las manos siempre libres para tocar el piano y aplaudir en el teatro. La enfermedad nunca se había cebado con ella. Mientras que el Notario con un estudio muy cuidadoso de las tablas de mortalidad, conocía la frecuencia con a que habían muerto nonagenarios precedentes, y también en que plazos, pero no había pensado en el futuro.

Las estadísticas apenas sabía nada de las necesidades medicas de los nonagenarios, ni de sus hábitos alimentarios, ni de su rutina diaria, ni de muchas otras cosas, con lo que era preciso cubrir las lagunas con suposiciones. En la tabla podía leerse: <<Esperanza de vida: tres años>>. Pero hay que analizar qué significa eso en realidad. Si en 1965 había diez mil nonagenarios en Francia, en 1968 unos cinco mil seguirían con vida, con una esperanza de vida que no podía ser cero. Casi tres años. Si cumplidos los noventa llegabas a los noventa y tres años más. Y si en 1968 había cinco mil personas de noventa y tres años, lo lógico es que en 1971 quedasen con vida unas dos mil personas que, de media, podían contar con vivir otros dos años. En 1973, unas mil personas de aquel grupo original de nonagenarios seguirían entre los vivos. De estos, a su vez, cerca de la mitad vivirían el tiempo suficiente para celebrar su centésimo aniversario. Madame Calmet se contaba entre ellos: en febrero de 1975 cumplió los cien años en buen estado de salud y capaz aún de caminar cada día. Lo de morir se lo dejaba a los demás, hasta que llego a los 110 años, una cantidad que excedía la cifra máxima contemplada en la mayoría de las tablas de mortalidad. Pero ahí no terminaría porque cumplió los 113 y se convirtió en la persona más vieja de mundo( la doyenne de l’humanité). Pero tampoco entonces murió. Fue perdiendo la vista, pero se mantuvo muy animada. La estadística, que durante mucho tiempo había cifrado el límite de una vida humana entre los ciento diez y los ciento quince años, demostró estar equivocada. Y madame Calmet trajó a la prensa cuando cumplió sus 120 años de edad y dentro del montón de periodistas uno le preguntan si desea vivir un poco más y ella responde que sí. El notario no estuvo presente aquel día. Jubilado tiempo atrás y próximo ya a los ochenta años, no se encontraba bien y no pudo acudir. Murió aquel mismo año sin llegar a poner nunca un pie en casa de madame Calment. En cumplimiento de lo estipulado treinta años atrás en el contrato, la viuda de Raffray continuó pagando. Para cuando madame Calment murió finalmente dos años más tarde, a los 122 años de edad, el notario y su familia habían desembolsado casi un millón de francos.

La muerte es algo impredecible , un anciano en las últimas podía muy bien sobrevivir otra década mientras su nieto, la imagen misma de la juventud y la salud, no llegaba a conocer otra primavera. Quetelet( y muchos otros tras él) creía poder encontrar la esencia de la naturaleza humana en el promedio, pero se equivocaba. La esencia de la naturaleza humana es su infinita variedad. La variación es la dura realidad, no un conjunto de intentos imperfectos de alcanzar una tendencia central. Los promedios y las medias son las abstracciones.

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